Y me marcho a Nueva York

Según iban pasando los días, parece que conseguí desplazar esa nueva obsesión a un segundo plano. Sin embargo, ese mérito no era mío del todo pues una serie de acontecimientos que fueron surgiendo en mi día a día tuvieron el peso suficiente para enfocar mis preocupaciones en otro camino.

Por compromiso familiar tuve que tomarme un par de semanas libres y viajar a Nueva York en respuesta a la llamada de ayuda de mi hermana menor. Tania había decidido casarse de forma apresurada con su nuevo novio; digo “nuevo” porque en menos de doce meses ya había pasado por cuatro relaciones diferentes.

Es innecesario decir que yo ignoraba quién era el nuevo tipo y también desconocía la razón por la que les corría tanta prisa llevar a cabo esa boda. Cuando Tania llamó para dar la noticia, lo primero que descartó fue que estuviera en estado. Por lo tanto, la intriga ante esta decisión creció para todos en la familia.

Igualmente extraño hubiera sido que mi hermana decidiera casarse si se encontrara con un embarazo inesperado. En su vida no había lugar para ataduras y sus relaciones siempre destacaron por la independencia de ambos. El trabajo de modelo requería su presencia en infinidad de actos sociales y viajes continuos. Tania había conseguido cumplir el llamado “sueño americano” y no iba a renunciar a él fácilmente.

En cierto modo, yo la envidiaba un poco pues mi vida podía resultar desesperadamente aburrida en muchas ocasiones comparada con el glamour que rodeaba a mi hermana. Quizás yo no valiese para llevar una rutina igual pero sí que era cierto que muchas veces, me veía pidiendo a gritos mentalmente un escape de esa monotonía que me rodeaba.

Es comprensible que aquel viernes mientras me desplazaba hacia el aeropuerto me sintiera excitada. Para mi, ese viaje significaba una aventura.

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Érase una vez…

No se podía llamar amistad a la relación que manteníamos pero había alcanzado un punto justo en el cual podíamos gastarnos bromas, hablar de trivialidades e incluso contarnos ciertos problemas si la ocasión lo requería.

Hacía varios años que Paloma, Bea y yo dedicábamos las mañanas de los sábados a ir al club para hacer algo de deporte. Mientras ellas jugaban al tenis, yo patinaba en un circuito contiguo a las canchas pues lo mío nunca fueron las raquetas.

A media mañana y habiendo terminado por fin nuestra rutina deportiva, nos reuníamos todos en la cafetería del mismo centro para tomar unos vinos antes de comer. Ese era uno de nuestros encuentros obligados y prácticamente un ritual.

Mentiría si dijese que nunca había reparado en él. César se acercaba mucho al tipo de hombre que siempre me había atraído. Sin embargo, y esto sí es cierto, ni me había planteado verle con otros ojos que no fueran los del chico simpático, chistoso y tan extremadamente correcto del club.

César estaba casado con Andrea, una periodista italiana con la que tuvo unos guapos mellizos que ya rondaban los cuatro años. Era una chica sencilla, ni guapa ni fea pero sí con cierto encanto. Rara vez se podía ver a Andrea con los niños en el club si no era para saludar a su marido, tomar un café rápido y marcharse con cierta prisa.

Desde nuestra llegada tiempo ha al club, siempre se rumoreó que ella era muy celosa y, por alguna razón que aún hoy desconozco, a mi me tenía enfilada. Nunca cruzó conmigo más palabras que un simple “hola” tras una amplia sonrisa. Cierto es, que las pocas ocasiones en las que coincidíamos, Andrea no me quitaba el ojo de encima y debo decirlo, de manera muy descarada.

Por otro lado, dudo que César se hubiese fijado en mi y menos de la forma que su mujer creía.

Es verdad que durante esa semana vinieron a mi cabeza infinidad de recuerdos y en algunos momentos creí recordar situaciones en las que nuestras miradas se habían cruzado expresando algo más.
O tal vez sólo era lo que yo quería imaginar.

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Inventando la evasión

Esa semana me pareció interminable. Hubo ocasiones en las que me veía a mi misma moviéndome como una autómata. Por las mañanas, abría el armario y sin pensar, me ponía lo primero que encontraba; es gracioso pensar que el momento “vístete” siempre ha formado parte de los primeros problemas del día para mi y estos días me estaba resultando bastante fácil.

Creí que estaba acostumbrándome a que esa presencia me acompañara las veinticuatro horas del día pero no era así: simplemente pretendía no darle importancia, quizás como método de autodefensa.

Paloma nunca dio importancia a mis comentarios sobre él y eso me tranquilizaba. Ella me juzgaría muy duramente si hubiese tenido conocimiento de lo que yo estaba comenzando a sentir. Tampoco podría reprochárselo porque yo misma me sentía despreciable. Tanto era así, que evité durante esos días pasar siquiera por la puerta del club de tenis que él regentaba.

Hacía tiempo antes de ir a comer mirando escaparates colindantes a mi oficina para impedir un seguro encontronazo. Había perdido toda la fe en mis actos y no me sentía segura. Sabía que mi comportamiento no sería el mismo y me delataría. Probablemente, el primer sorprendido habría sido él. Dudo que imaginara algo así de mi y tan repentinamente.

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Comienza la batalla mental

Pasé todo el día confusa con una imagen en la cabeza. Dicen que algunos sueños pueden revelarte sentimientos que tu consciente desconoce y el de la pasada noche parecía ser uno de ellos.

En otros tiempos y distintas circunstancias, esta revelación habría sido motivo de nuevas y bonitas esperanzas, deseos, motivaciones e inquietudes pero esta vez no podía verlo del mismo modo. Se añadió un nuevo motivo de preocupación y lo peor de todo es que no contaba con alguien en quien confiar o pedir consejo.

Traté de tener la mañana lo más ocupada posible para impedir que la cabeza divagara por su cuenta pero no lo conseguí. Ese rostro me atormentaba, me distraía, me inquietaba… El cúmulo de trabajo semanal que había programado acabar en una sola jornada se había aglomerado sobre mi mesa formando un caos de tarjetas, correos, material gráfico y fechas anotadas en post its de diferentes tamaños y colores. Yo solita había conseguido multiplicar mi faena y me sentía desesperada.

Una vez conseguí ordenar de nuevo todo, miré la hora y dejándome caer apoyada en la pared, suspiré profundamente dejando la mirada fija en una esquina del techo. Mi mente volvió a traicionarme, esta vez sin impedir que su imagen desapareciera. Me sorprendí a mi misma esbozando una sonrisa que, al volver a la realidad, se transformó en gesto de preocupación.

Eran las once de la noche y acababa de cerrar el despacho. Aún tenía por delante media hora hasta llegar a casa.

Por suerte, a esas horas la carretera estaba más fluida y fue peor localizar un lugar relativamente cercano a mi domicilio para aparcar.

Según llegué a casa, dejé el bolso sobre la mesa y me quité los zapatos. Tras una ducha que pretendía ser relajante, me comí un sándwich y caí rendida en la cama.

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